lunes, 5 de abril de 2010

EPISTEMOLOGÍA BERKELEY

CAPÍTULO 2
LA SUPOSICIÓN ESCÉPTICA: ALGUNAS EVALUACIONES CRÍTICAS

El planteamiento cartesiano sobre la posibilidad de dudar del mundo externo hace una suposición muy amplia. En cualquiera de los argumentos planteados por Descartes esta suposición está implícita. Cuando Descartes afirma que no sabe si sus ideas provienen del mundo externo o de un demonio que juega a engañar está suponiendo que con lo único que puede tener contacto directo es con sus ideas. Del mismo modo, cuando plantea el argumento del sueño está asumiendo que no percibe el mundo directamente. Las ideas, según está apreciación, son cosas en la mente. De este modo, nunca percibimos el mundo directamente. Se puede ver que Descartes asume esto para plantear el argumento del sueño y el del genio maligno en las siguientes citas:

En el argumento del sueño:
“(…)recuerdo que a veces me he engañado en sueños con pensamientos similares; y al pensar en ello con más atención, me resulta tan obvio que la vigilia y el sueño nunca pueden diferenciarse con certeza, que permanezco estupefacto, y dicho estupor casi viene a confiar mi opinión de que estoy soñando” (Descartes, (1641: p. 9) Negrilla añadida.).

En el argumento del genio maligno:
“Pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos, y todas las cosas externas no son diferentes de los engaños de los sueños y que por medio de ellas ha tendido trampas a mi credulidad. Me consideraré a mí mismo como si no tuviera manos, ni ojos, ni carne, ni sangre, ni sentido alguno, sino como opinando falsamente que tengo todas esas cosas.(…)” (Descartes, (1641: p. 12.) Negrilla añadida).
Como se muestra en estas citas, para que Descartes pueda formular lícitamente sus inquietudes necesita una teoría de la percepción. Esta teoría de la percepción, que explicaré a continuación, es necesaria para que Descartes pueda razonar diciendo que sus ideas pueden estar siendo causadas o bien por el mundo externo o bien por un genio maligno, e incluso es necesaria para la afirmación de Descartes de que no es posible distinguir entre el sueño y la vigilia.

Los argumentos escépticos en Descartes asumen que no podemos percibir el mundo directamente. Aunque Descartes asume esta posición al plantear sus interrogantes no nos ofrece un argumento adicional que la defienda. Es decir, tal y como aparecen los argumentos en Descartes no hay un argumento a favor de esta suposición. Sin embargo, hay un argumento que la puede reforzar.

El argumento surge de una concepción particular sobre los objetos externos en relación con la percepción. Para recrear mejor este argumento, consideremos primero el siguiente ejemplo extraído de Bertrand Russell:

“Para allanar nuestras dificultades, concentremos la atención en la mesa. A la vista, es oblonga, color castaño, brillante; al tacto, es suave, fresca y dura; cuando le doy un golpecito, devuelve el sonido característico de la madera. Cualquier otra persona que vea y toque la mesa, y oiga el sonido que devuelve, se mostrará de acuerdo con la anterior descripción, de surte que podría parecer que la cuestión no encierra dificultad alguna; pero, tan pronto como intentamos ser más precisos, comienzan nuestras tribulaciones. Aunque creo que la mesa es “realmente” toda del mismo color, las partes que reflejan la luz parecen más brillantes que las otras zonas, y algunas partes parecen blancas a causa de la luz reflejada. Se que si me muevo, las zonas que reflejan la luz serán diferentes, de manera que la aparente distribución de colores en la mesa cambiará. De aquí se sigue que si varias personas miran la mesa en el mismo momento, no habrá dos entre ellas que vean la misma distribución de colores, ya que dos personas distintas no pueden verla exactamente desde el mismo punto de vista, y cualquier cambio introducido en el punto de vista provocará un cambio en la forma en que es reflejada la luz.
(...)Volvamos a la mesa. Por lo que hemos descubierto, es evidente que no hay un color que, preeminentemente, parezca ser el color de la mesa, ni siquiera el de una zona particular de la mesa, la cual parece ser de diferentes colores según los distintos ángulos desde los cuales se la mire, y no hay ninguna razón para considerar alguno de estos colores como un color de la mesa más real que los otros. Por otra parte, sabemos que, desde un ángulo determinado, el color parecerá diferente al de la luz artificial, o a los ojos de un persona que padezca daltonismo o a los de otra que use gafas azules, mientras que en la oscuridad no habrá ningún color, aunque la mesa seguirá inmutable al tacto y al oído. Este color no es algo inherente a la mesa, sino algo que depende de la mesa y del espectador y de la forma en que la luz incida sobre la mesa. Cuando en la vida ordinaria hablamos del color de la mesa nos referimos solamente al color que parecerá tener a los ojos de un observador normal, desde un punto de vista corriente y en condiciones usuales de luminosidad. Sin embargo los otros colores que aparecen en condiciones distintas tiene el mismo derecho a ser considerados igualmente reales y, por consiguiente, para evitar todo favoritismo, nos vemos obligados a negar que, en sí misma, la mesa tenga ningún color en particular”. (Russell, (1912: pp. 1068-69.)).

Según el ejemplo anterior no hay algo en nuestra percepción que podamos llamar mesa real. Lo que llamamos mesa real depende de nuestra percepción. Como nuestra percepción de los objetos nunca es igual y siempre está sujeta a modificaciones e interpretaciones, entonces no podemos decir que lo que percibimos sea la mesa real. Con este argumento se puede mostrar que los mismos olores, sabores, etc., pueden cambiar de un sujeto a otro, o de una circunstancia a otra. La estructura del ejemplo de la mesa se puede aplicar a cada uno de nuestros sentidos. Esta estructura es el fundamento del argumento conocido como ‘argumento de la ilusión’. El argumento se debe a George Berkeley y es como sigue:

1. Los colores que percibo son, o una propiedad real de un objeto externo, o una idea en mi mente.
2. Las propiedades reales de un objeto externo no pueden cambiar sin que ocurra un cambio en el objeto mismo.
3. Los colores que percibo pueden cambiar sin que ocurra un cambio en el objeto mismo.
4. Por tanto, los colores que percibo no son propiedades reales del mundo externo, sino ideas en mi mente. (Thomson, (1999: pp. 51-52.)).

La primera premisa es una dicotomía. Nos dice que sólo hay dos maneras de explicar nuestra percepción inmediata. Además, que estos dos tipos de explicación son mutuamente excluyentes: percibimos objetos reales del mundo externo, en cuyo caso no percibimos ideas en nuestra mente; o percibimos ideas en nuestra mente sin percibir objetos externos.

Según Berkeley, cuando las propiedades de los objetos externos cambian tiene que ocurrir un cambio en el objeto mismo. En otras palabras, si un objeto cambia es porque sus propiedades han cambiado. Lo que Berkeley está afirmando es que los objetos externos no pueden modificar sus características sin sufrir un cambio ellos mismos. Esta afirmación concuerda con lo que comúnmente consideramos como un objeto externo. Por definición, un objeto externo es un compuesto material de propiedades físicas y químicas que cambia por la alteración de sus propiedades. Esto es lo que se está afirmando en la segunda premisa.

En la tercera premisa se afirma que puede haber un cambio en los colores que percibo sin que ocurra un cambio en el objeto mismo. Por ejemplo, si se me administra un sedante puedo empezar a ver borrosos los objetos a mi alrededor. Del mismo modo, si utilizo gafas oscuras puedo percibir los objetos con una longitud de onda más opaca que de costumbre. Así, puede haber un cambio en los colores de los objetos que percibo sin que ocurra un cambio en los objetos mismos. Como puede haber un cambio, entonces los colores que percibo no pueden considerarse como pertenecientes a un objeto real.

El argumento de la ilusión se utiliza para afirmar que sólo percibimos ideas, nunca objetos externos directamente. Por su parte, John Locke afirmó que los sabores, olores, colores y sonidos eran ideas en la mente y las denominó cualidades secundarias. Pero también argumentó que la materia, el tiempo, el tamaño y la forma eran cualidades primarias y correspondían a los objetos externos. Según Locke, las cualidades primarias se diferencian de las secundarias porque las primarias son inherentes a los objetos. Así, por pertenecer directamente a los objetos externos las llamó cualidades primarias. Dice Locke:

“9. (…)las cualidades en los cuerpos son, primero, aquellas enteramente inseparables del cuerpo, cualquiera que sea el estado en que se encuentre, y tales que las conserva constantemente en todas las alteraciones y cambios que dicho cuerpo pueda sufrir a causa de la mayor fuerza que pueda ejercerse sobre él.(…) A esas cualidades llamo cualidades originales o primarias de un cuerpo, las cuales, creo, podemos advertir que producen en nosotros las ideas simples de la solidez, la extensión, la forma, el movimiento, el reposo y el número.

10. Pero, en segundo lugar, hay cualidades tales que en verdad no son nada en los objetos mismos, sino potencias para producir en nosotros diversas sensaciones por medio de sus cualidades primarias, es decir, por el bulto, la forma, la textura y el movimiento de sus partes insensibles, como son colores, sonidos, gustos, etc. A éstas llamo cualidades secundarias”.(Locke. (1690: pp. 113-114.)).

Esta división a simple vista puede parecer correcta, pero en el fondo es muy problemática. El obispo Berkeley se opuso a esta división. Advirtió que las cualidades primarias también se pueden poner en duda y que su existencia se puede refutar. Berkeley desafió la afirmación lockeana de que la materia, el tiempo, el tamaño y la forma pertenecen directamente a los objetos.

“14. Añadiré que, del mismo modo que los filósofos modernos prueban que ciertas cualidades sensibles no tienen existencia en la materia, es decir, fuera de la mente, lo mismo puede también probarse con respecto a todas las demás cualidades sensibles, cualesquiera que estas sean. Así, por ejemplo, se dice que el calor y el frío sólo son disposiciones de la mente, y no imágenes de cosas reales, existentes en las sustancias corpóreas que producen esas sensaciones. Pues un mismo cuerpo que resulta frío a una mano, a otra le parece caliente. Ahora bien, ¿por qué no podremos también argüir que la figura y la extensión no son tampoco imágenes y representaciones de cualidades existentes en la materia? Porque el caso es que, a un mismo ojo en posiciones diferentes, o a ojos de diferente textura en una misma posición, la figura y la extensión se les aparecen de varias maneras; y al ser esto así, no puede afirmarse que sean imágenes de nada estable, determinado y exterior a la mente. De igual modo, probamos que la dulzura no está realmente en la cosa saboreada; pues aunque la cosa permanezca inalterada, lo dulce puede tornarse amargo, como cuando la fiebre o alguna otra afección vician el paladar. ¿No sería, por tanto, igualmente razonable decir que el movimiento no existe sin la mente, ya que si la sucesión de ideas en la mente se acelera, vemos que el movimiento aparecerá más lento, sin que se hayan producido alteraciones en ningún objeto exterior?

15. En breve: cualquiera que considere esos argumentos que palmariamente muestran que los colores y los sabores sólo existen en la mente, descubrirá que con igual fuerza sirven para probar lo mismo con respecto a la extensión, a la figura y al movimiento. Debe reconocerse que este método de argüir no tanto prueba que no hay extensión o color en el objeto exterior, como que no sabemos, sirviéndonos de los sentidos, cuales son la verdadera extensión y el color del objeto. Mas los argumentos que han quedado expuestos más atrás muestran claramente que es imposible que cualquier color, cualquier extensión y cualquier otra cualidad sensible existan en una sustancia no pensante, al margen de la mente; de hecho lo que prueban es que no hay objeto externo alguno”.(Berkeley, (1710: p. 63.)).

Berkeley aplica el argumento de la ilusión a nuestra percepción de cualidades primarias y secundarias. De aquí concluye que sólo podemos percibir nuestras propias ideas. Según Berkeley, Locke está en un error al afirmar que podemos percibir los tamaños y las formas que pertenecen al mundo. Las cualidades primarias como formas y tamaños pueden cambiar sin que ocurra un cambio en el objeto mismo. Un objeto cuadrado desde cierto ángulo o desde cierta distancia se puede apreciar rectangular. El argumento de la ilusión también se aplica a la materia y al tiempo que percibimos. Así, las cualidades primarias no son objetos externos, sino ideas en la mente.

El argumento de la ilusión en Berkeley muestra que no hay objetos externos que podamos percibir. No podemos percibir objetos externos puesto que para hacerlo tendríamos que salir de nuestras ideas para compararlas con el mundo. Esto es imposible ya que sólo percibimos ideas y para compararlas tendríamos que percibir el mundo directamente. No podemos quitarnos las ideas de encima para percibir, porque es por medio de éstas que percibimos.

Como el argumento de la ilusión muestra, sólo podemos percibir nuestras propias ideas. Locke pensaba que este argumento se aplicaba únicamente a las cualidades secundarias. Contrariando este punto de vista, Berkeley muestra que este argumento se aplica a todas las cualidades sensibles, incluyendo las cualidades primarias de Locke, pues todas las cualidades sensibles que percibimos pueden cambiar sin que ocurra un cambio en el objeto mismo. De este modo, Berkeley nos ofrece dos alternativas excluyentes difíciles: o las cualidades son perceptibles, en tal caso son meras ideas; o esto otro, si son propiedades reales en el mundo exterior, entonces no son perceptibles. Los objetos externos no pueden cambiar sin mostrar alguna modificación real. Como los objetos que percibimos cambian sin modificarse realmente, entonces no percibimos objetos sino ideas.

El argumento de la ilusión es muy interesante y atractivo. Si es correcto, entonces no podemos probar que percibimos el mundo de manera directa como usualmente creemos. El argumento de la ilusión muestra que lo único que podemos percibir son nuestras propias ideas y que el mundo externo es una simple caricatura de ciencia ficción. Como sólo percibimos ideas estamos encerrados en nuestra propia celda de ideas sin acceso al mundo tal y como lo imaginamos comúnmente. Esto nos conduce al solipsismo.

2.1 SOLIPSISMO

La tesis solipsista se basa en los argumentos escépticos sobre el mundo externo. Una vez aceptados los argumentos escépticos es razonable plantear lo que se conoce como solipsismo. El hecho de que el solipsismo aparezca como una opción razonable se debe a que los argumentos escépticos se hallan cimentados sobre cierta tesis acerca de la percepción. Si esta tesis es aceptada, entonces se puede aceptar el solipsismo coherentemente.

El solipsismo es la teoría que afirma que sólo existe una mente, un solo ser. Esta doctrina reduce todo el universo al sujeto que percibe. Los únicos datos verdaderos son aquellos que tiene aquel que está percibiendo. Si usted está leyendo este texto, entonces usted es todo lo que hay. Usted no puede inferir que halla otras cosas en el mundo, porque lo único que puede conocer son sus propios datos sensoriales. Tampoco puede saber si hay otras personas, puesto que el concepto de persona implica que hay un cuerpo que existe independientemente de sus ideas y esto no es posible. En resumen, usted está encerrado o confinado en su propia región de conciencia.

Según lo expuesto en los apartados anteriores, no se puede saber si las ideas son causadas por objetos en el mundo; o por un genio maligno que juega a confundir. Esto quiere decir que hay dos teorías que parecen consistentes con el hecho de tener una idea. Se puede decir que no se tienen pruebas para demostrar que una de las teorías es verdadera concluyentemente y la otra no. Por lo tanto, no se puede saber a que corresponden las ideas.

Pese a lo anterior, hay algo de lo que se puede estar seguro. Aunque la procedencia de las ideas sea dudosa no se puede dudar que hay algunas ideas. Si se ha dudado que las ideas correspondan realmente a algo llamado objeto externo, entonces se asume que las ideas existen. Las ideas son algo de lo que necesariamente hay que partir. De hecho Descartes (en la Segunda Meditación) se percata de que está pensando y que nada, ni siquiera un genio maligno, puede poner en duda que en ese instante piensa. Si duda es porque tiene pensamientos y pensar es tener una idea en la mente. De acuerdo con estas conclusiones se debe admitir que lo único que Descartes sabe es que tiene pensamientos, es decir, ideas.

“(…)He llegado a convencerme de que no hay nada en el mundo; ni cielos, ni tierra, ni cuerpos, ni mentes; pero ¿acaso me he convencido también de que yo no soy? Empero, si de algo me he convencido, por cierto yo era. Mas existe un cierto embaucador, en extremo poderoso y sagaz, que me engaña siempre. Sin embargo, si él me engaña, es indudable que yo también existo; y bien puede engañarme cuanto quiera, pues nunca logrará que yo no sea nada en tanto piense que soy algo. (Descartes, (1641: p.14.)).

La reflexión cartesiana hasta este punto nos conduce directamente al “solipsismo epistemológico”. El escepticismo con respecto al mundo externo implica lógicamente un solipsismo epistemológico, no uno ontológico. Es sólo en este sentido que digo que la tesis escéptica acerca de nuestro conocimiento del mundo conduce lógicamente al solipsismo. Si las consideraciones expuestas son verdaderas, entonces tenemos que admitir que no podemos saber si hay objetos externos y, lo que es peor, no podemos saber si otras personas existen. En últimas, el único conocimiento que se posee está confinado a los datos inmediatos del perceptor.

ESCRITO POR: GABRIEL EDUARDO VARGAS DUQUE.

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