jueves, 2 de septiembre de 2010

Escepticismo I parte

PRIMERA PARTE
CAPÍTULO 1
LA ARGUMENTACIÓN ESCÉPTICA SOBRE EL MUNDO EXTERNO

Iniciemos considerando la situación que enciende la llama escéptica. En su primera meditación, Descartes comienza de la siguiente manera:

“Hace ya algunos años me he dado cuenta de cuantas cosas falsas he reconocido como verdaderas desde mi niñez, y cuán inciertas son todas las que después he afianzado sobre ellas; de modo que, al menos por una vez en la vida, es necesario subvertirlas todas por completo, para comenzar nuevamente desde los primeros cimientos, si quiero alguna vez llegar a establecer algo firme y perenne en las ciencias.

Sin embargo, esta parecía una obra descomunal, y esperaba yo alcanzar una edad tan madura que no fuese seguida por ninguna otra más propicia para acometerla. Por ello me he retrazado tanto, que me sentiría culpable si gastase en deliberaciones el tiempo que me resta para obrar. Por lo tanto, con tal fin he librado a mi mente de todo cuidado, he buscado una situación de un ocio reposado y de solitario retiro, y finalmente me dedicaré con seriedad y libertad, a la mencionada subversión general de mis ideas y opiniones.

Pero para esto no será necesario que demuestre que todas esas opiniones son falsas, cosa que quizá nunca podría conseguir, sino que sería suficiente para rechazarlas todas que encuentre alguna razón para dudar de cada una de ellas, puesto que la razón me persuade que hay que abstenerse de asentir tanto a las opiniones que no son totalmente ciertas e indudables como a las que son completamente falsas. Pero no por ello deben ser examinadas una por una, porque eso sería un trabajo infinito, sino que, puesto que al socavar los cimientos cae por su propio peso cualquier cosa edificada sobre ellos, iré directamente contra los principios en que se apoyaba todo lo que antes creía.” (Descartes, (1641: pp. 7-8.) Negrilla añadida.)

En esta cita Descartes nos ofrece su objetivo y su procedimiento. El propósito general cartesiano es reconstruir el “edificio del conocimiento” a partir de cimientos más seguros. Descartes desea llegar a saber cuáles de sus creencias son confiables y cuáles no. Como la tarea de revisar creencia por creencia sería inacabable y poco fructífera, decide aplicarse con todo juicio a descubrir las fuentes generales de su conocimiento. De este modo, atacando las bases de sus creencias, Descartes puede derrumbar todo un sistema de éstas de un sólo golpe. (Descartes quiere cuestionar sus creencias, porque en su reflexión se ha dado cuenta que realmente no conoce mucho de lo que cree conocer. La ignorancia y la inestabilidad de los conocimientos hacen que Descartes se interese por hallar un método que lo conduzca a la creencia firme).

Para conseguir esto Descartes necesita un procedimiento. El procedimiento es una idea revolucionaria de Descartes: “aplicar explícita y sistemáticamente la duda para llegar a la certeza”(Thomson, (1991: p. 12.)) . En general, este procedimiento consiste en tratar de introducir la duda en todas las creencias. La duda sirve para desechar aquellas creencias de las cuales se pueda dudar y preservar aquellas que sean indudables. Sin embargo, Descartes se da cuenta de que revisar creencia por creencia es una labor casi infinita, y por ello decide más bien clasificar las creencias en tipos generales. (v.gr. creencias basadas en los sentidos, creencias basadas en el razonamiento puro, etc.). Posteriormente, aplica su método de la duda a los fundamentos de cada una de sus de creencias.

Con la duda como método Descartes puede separar las creencias en dos bandos. En un bando irán las creencias que no pasen la prueba de la duda. Tales creencias serán abandonadas. En el otro deben ir las que superen la prueba de la duda. Estas creencias podrán ser utilizadas posteriormente para construir nuevamente el conocimiento sobre bases más firmes. De hecho, luego de la primera Meditación, Descartes reivindicará algunas creencias para reconstruir el conocimiento.

Después de clasificar las creencias, Descartes revisa las que ha obtenido por los sentidos. Afirma que todo lo que ha tenido hasta ahora por más seguro y verdadero lo ha adquirido por medio de los sentidos. Descartes se da cuenta de la importancia que tienen los sentidos en casi todas sus creencias. El papel que juegan los sentidos como fundamento de las creencias sobre el mundo es vital, ya que éstos constituyen el vehículo primario de contacto con el mundo. Es mediante los sentidos que podemos apreciar el mundo. Considérese un hombre que carezca de los sentidos fundamentales desde el nacimiento: vista, oído y tacto. ¿Qué podría conocer? Realmente sabría muy poco acerca de cómo son las cosas que percibimos normalmente.

Descartes se da cuenta de esto y reafirma que los sentidos son una fuente o principio fundamental de sus creencias. Es decir, que una muy buena porción de sus creencias está soportada por los sentidos. Esto lo habilita para hacer una evaluación general y sistemática de las creencias que tienen su base en los sentidos. De esta manera, siguiendo el método cartesiano, si no hay una razón por la cual tengamos que poner en duda los sentidos, entonces pueden considerarse confiables; de lo contrario tendremos que negar su confiabilidad.

Todos alguna vez hemos percibido objetos que se nos presentan de una forma que realmente no poseen. De alguna manera hemos sido conducidos al error por una apreciación equivocada de nuestros sentidos. Sobretodo con los objetos pequeños y distantes tenemos la tendencia a engañarnos. Si los sentidos nos han engañado alguna vez es preciso no confiarse enteramente de ellos. Según lo expuso Descartes, en ocasiones los sentidos lo han engañado “y no es prudente depositar plena confianza en quienes nos han engañado, incluso si lo han hecho sólo una vez” (Descartes, (1641: p. 8.)). Por esta razón cree Descartes que la fiabilidad de los sentidos es dudosa y que es un error considerar confiables a los datos que nos llegan por medio de ellos.

Esta consideración sobre los sentidos conduce a pensar que debemos ser cuidadosos cuando intentemos fiarnos de las representaciones sensoriales. No implica que debemos desconfiar de todos los datos sensoriales, sino sólo de aquellos que son particularmente pequeños o distantes, o que se hallan en circunstancias especiales: como cuando metemos una vara en el agua y la observamos doblada.

Descartes no concluye que no podemos conocer nada por los sentidos, más bien dice que en algunas circunstancias los sentidos nos engañan, pero que en otras como que estoy aquí, leyendo, teniendo este papel en las manos, no podemos decir razonablemente que estamos siendo engañados por ellos.

“No obstante, si bien los sentidos en ocasiones nos engañan acerca de ciertas cosas muy pequeñas o distantes, es posible que halla muchas otras de las cuales no se pueda dudar aunque provengan de ellos; como, por ejemplo, el que yo me encuentro aquí ahora sentado junto al hogar, ataviado con una bata, teniendo ante mí este papel, y cosas por el estilo. Por cierto, no parece haber razón alguna para negar la existencia de estas manos y de este cuerpo mío, a no ser que me considere igual a ciertos enajenados, cuya mente trastornan vapores tan atrabiliarios, que aseguran constantemente ser monarcas, siendo indigentes, o que van vestidos de armiño y púrpura, yendo desnudos, o que tienen la cabeza de cerámica, o que son calabazas, o que sus cuerpos son de vidrio; pero estos son locos, y si yo siguiese su ejemplo no habría de parecer menos demente.” (Descartes, (1641: p. 8.)).

Descartes se da cuenta que aunque es legitimo poner en duda la circularidad de un edificio lejano que está observando por la ventana, no es posible legitimar, del mismo modo, la duda de que se halla allí, sentado junto al fuego, con una hoja de papel en la mano. Y a menos que queramos asemejarnos a las mentes desorientadas de los insensatos, admitiremos que los sentidos nos engañan en tales circunstancias. Descartes asegura que aunque los sentidos nos engañen en algunas ocasiones, esta sola consideración no es suficiente para fundamentar una duda sensorial absoluta. Pues el argumento de la ilusión sensorial no se aplica a creencias acerca de la percepción inmediata, sólo a creencias lejanas o pasadas. En otras palabras, lo que dice Descartes es que se necesita algo más para que el argumento basado en el carácter engañoso de la información sensorial acerca de objetos lejanos o pasados, consiga establecer una duda general sobre todas las creencias soportadas por las percepciones sensoriales. De este modo, el argumento no fundamenta una duda general acerca de todas las creencias basadas en la percepción sensorial.

Descartes no puede fundamentar una duda general sobre los sentidos basándose en el argumento de la ilusión sensorial. No obstante se pregunta si hay otro tipo de argumento que favorezca esta posición, una razón que ponga en duda todas las creencias acerca de la percepción sensorial en que todos confiamos. Así, cuando Descartes está sentado junto al fuego, con la hoja de papel en la mano, se pregunta si realmente puede determinar que se encuentra allí en esas condiciones sin asomo de duda. Al mismo tiempo se da cuenta que como todos los hombres tiene la costumbre de soñar y que en ese momento podría estar soñando que se encuentra sentado junto al fuego con una hoja de papel en la mano. Descartes no puede afirmar con seguridad que conoce, dado que no puede establecer claramente si se encuentra en estado de sueño o de vigilia.

“No obstante, ahora mis ojos despiertos miran este papel, mi cabeza no está adormecida y la muevo libremente, y puedo extender y sentir conscientemente mi mano; no resultan tan distintas estas cosas para quien duerme.

Pese a todo, recuerdo que a veces me he engañado en sueños con pensamientos similares; y al pensar en ello con más atención, me resulta tan obvio que la vigilia y el sueño nunca pueden diferenciarse con certeza, que permanezco estupefacto, y dicho estupor casi viene a confiar mi opinión de que estoy soñando” (Descartes, (1641: p. 9.) Negrilla añadida).

En este pasaje podemos encontrar el primer argumento fuerte a favor del escepticismo sobre el mundo externo. Sin embargo, como lo advierte Barry Stroud, esto no implica que la posición escéptica sea “la opinión final y cabal [de Descartes]; no es más que una conclusión a la que se siente casi inevitablemente llevado en las primeras etapas de sus reflexiones” (Stroud (1991: p. 23.)).

Es necesario ahora detenerse a considerar este primer argumento:




1.1 EL ARGUMENTO DEL SUEÑO

Descartes en su Primera Meditación introduce este argumento como una segunda etapa en su reflexión. Luego de haber advertido que los sentidos en algunas ocasiones lo han engañado y que esto no fundamenta una desconfianza general en el conocimiento sensorio, recurre a la idea del sueño.

En aras de la claridad y para una mejor comprensión, consideremos el argumento de Descartes premisa por premisa.

1. Para afirmar que sabemos algo acerca del mundo externo es una condición necesaria poder probar antes que no estamos soñando.
2. No podemos probar que no estamos soñando.
3. Por tanto, no podemos saber nada acerca del mundo externo.

Indudablemente, la primera premisa parece verdadera. La premisa implica que, en cualquier situación, si uno está soñando, entonces sus creencias carecerán de fundamento. Si sueño que tengo diez mil pesos en el bolsillo ello no garantiza que tenga realmente diez mil pesos en el bolsillo. Soñar que algo es de determinado modo no implica que esto sea así. Por ejemplo, puedo soñar que me arranco los dientes con un chicle que es supremamente pegajoso y tener todas las sensaciones de dolor que este acto implica, pero no por eso amaneceré necesariamente sin dientes al otro día. Lo que me represento en el sueño no es necesariamente verdadero y lo que soñamos generalmente no nos está ocurriendo. Considérese, por ejemplo, un hombre que sueña rodar por unas escalas. Al despertar el hombre puede estar sobresaltado, pero se da cuenta de que no hubo ninguna conexión entre lo que soñó y el suceso de rodar por unas escalas. No hay síntomas de golpes que pueda haber sufrido ni nada por el estilo. Este ejemplo nos muestra que cuando se sueña que algo está ocurriendo no necesariamente está sucediendo. La experiencia de soñar que algo sucede de determinada forma sin corresponder con los acontecimientos presentes nos conduce a pensar que si soñamos que algo es de una forma no por eso sabemos que es así. Pero este no es el punto relevante que muestra que la premisa de Descartes es verdadera. Este sólo es un punto intuitivo generalmente aceptado.

Para entender por qué Descartes considera que la primera premisa se requiere para el conocimiento es necesario señalar que él no está preguntando si hay una coherencia entre los sueños y la realidad, sino si por medio del sueño podemos justificar afirmaciones sobre el mundo. El hecho de que las experiencias de sueño no correspondan con nuestras experiencias sensoriales normales, hace que se pueda poner en duda que el sueño brinde conocimiento sobre el mundo. Siguiendo el método de Descartes, como hay evidencia para creer que el sueño no justifica conocimiento, entonces esta creencia dudosa debe ser rechazada.

Como en el caso del sueño no podemos decir que tenemos evidencia alguna para soportar nuestra creencia, entonces lo que soñamos no puede contar como conocimiento genuinamente. Descartes es consciente de esto. Por esta razón es tan importante para él diferenciar entre el estado de sueño y la vigilia.
Es importante señalar que en algunos casos los sueños corresponden a lo que ocurre. Algunas veces lo que sucede en el mundo tiene algún efecto en los sueños. Así, si un coche hace ruido al desplazarse por la avenida cerca a mi casa esto puede hacer que sueñe, entre otras cosas, que un coche hace ruido al desplazarse por la avenida cerca a mi casa. Este sueño es semejante a “cierto duque de Devonshire quien, de acuerdo con G. E. Moore, una vez soñó que estaba platicando en la Cámara de los Lores y despertó encontrándose con que estaba platicando en la Cámara de los Lores.”(Stroud (1991: p. 25.)). Cuando de este modo se sueña lo único que se tiene es una creencia casualmente verdadera, pero no conocimiento. Soñar que algo es de determinada manera no garantiza que realmente eso sea así.

Este tipo de coincidencias no cuentan como conocimiento, debido a que todo conocimiento debe suplir ciertas condiciones. Hay tres condiciones que se deben cumplir para que algo cuente como conocimiento. El punto de vista normal afirma que para que algo pueda considerarse conocimiento debe primero, creerlo realmente el que lo afirma. Segundo, lo que afirma tiene que ser verdadero y tercero, lo que afirma debe tener una justificación razonable. Sin polemizar sobre este asunto admitamos, al igual que Descartes, que la tercera condición es una necesidad del conocimiento. De este modo, para tener conocimiento hay que tener evidencia para sustentarlo. En el caso del sueño casual podemos decir que no hay conocimiento, ya que no tenemos ninguna evidencia para pensar que nuestro sueño apuntaba a la verdad. Lo único que tenemos es una creencia afortunada. Una creencia de aquellas que por azar puede coincidir con lo que realmente es.
La segunda premisa es realmente más controversial. Con esta premisa Descartes desea mostrar que no se puede distinguir claramente el sueño de la vigilia y, por consiguiente, que cualquier situación en la que nos hallemos es susceptible de ser un sueño.

“Y muy frecuentemente el sueño me persuade de que aquellas cosas cotidianas: que estoy aquí, que estoy vestido con una bata, que estoy sentado junto al fuego, cuando estoy desnudo en la cama. (…)que permanezco estupefacto, y dicho estupor casi viene a confirmar mi opinión de que estoy soñando” (Descartes, (1641: pp. 8-9.)).

Esta premisa implica un abismo entre nosotros y el mundo externo. Considérese lo siguiente: si uno desea probar que no está soñando cae en un circulo. Pues en cualquier situación en la que uno se encuentre tendrá que probar que no sueña, incluso en el caso de que quiera probar que no sueña. Si deseo probar que no sueño tendré que saber que estoy despierto, ¡pero al intentar probar esto estoy asumiendo lo que voy a probar!

La formulación de esta premisa requiere un supuesto. Descartes asume una teoría particular de la percepción que la legitima. Para mostrar la suposición general que esta premisa requiere es necesario considerar el argumento cartesiano del genio maligno.

1.2 EL ARGUMENTO DEL GENIO MALIGNO

Con el propósito de continuar examinando todas sus creencias para separar aquellas de las que se pueda dudar de aquellas de las que no se puede, Descartes formula el argumento del genio maligno. El argumento del sueño le sirve a Descartes para establecer una duda general acerca de todas sus creencias basadas en los datos de la percepción sensorial. Sin embargo, hay un grupo de creencias de las que no se puede dudar utilizando este argumento. Dichas creencias son las que conciernen al conocimiento matemático en general, a saber: las creencias de la aritmética y la geometría. Así, refiriéndose a las implicaciones del argumento del sueño dice Descartes:

“(...)si bien estas cosas generales, es decir, ojos, cabeza, manos, y otras similares, pueden ser imaginarias, es preciso admitir que son verdaderas algunas otras, más simples y universales que éstas, partiendo de las cuales, al igual que partiendo de colores verdaderos, damos forma a todas esas imágenes de las cosas que contiene nuestra mente, ya sean falsas o verdaderas. A tal género de cosas parecen pertenecer la naturaleza corpórea y su extensión, y la figura de las cosas extensas; así como la cantidad o la magnitud de las mismas, y el lugar en el cual existen, y la duración de su existencia, y otras similares.

Dado lo anterior, tal vez podamos concluir que son dudosas la física, la astronomía, la medicina y todas las otras disciplinas basadas en la consideración de cosas compuestas; en tanto que la geometría, la aritmética y otras afines, que tratan tan sólo de cosas sencillísimas y totalmente generales, sin preocuparles apenas si dichas cosas se hallan o no en la naturaleza, implican algo cierto e indudable. Ya que, sin importar si estoy despierto o dormido, dos y tres suman cinco, y un cuadrado no tiene sino cuatro lados; pues tal parece que tan perspicuas verdades no pueden parecernos sospechosas.” (Descartes, (1641: pp. 9-10.)).

Este tipo de creencias no pueden cuestionarse con el argumento del sueño, debido a que no requieren la distinción entre sueño y vigilia para establecerse como verdaderas. Esto es porque las creencias matemáticas en general no dependen de ningún estado de percepciones sensoriales. Las creencias matemáticas dependen del significado de los términos. En otras palabras, son verdaderas en virtud de sus significados, no de ninguna percepción. De este modo, sueñe o no dos más dos sigue siendo igual a cuatro y el triángulo sigue teniendo tres ángulos.

Sin embargo, Descartes aún no está satisfecho. Su experiencia sobre las endebles bases del conocimiento (la falibilidad del conocimiento) lo impulsa a concebir una hipótesis. Por ello plantea la posibilidad de que pueda existir un ser que lo engaña en las cosas que mejor cree saber.

“(…)tengo grabada en la mente la vieja opinión de que hay un Dios que lo puede todo, por el que fui creado tal como existo. ¿Cómo sé entonces que él no ha hecho que no haya en absoluto tierra, ni cielo, ni cosa extensa, ni figura ni magnitud, ni lugar, y que sin embargo me parezca que todas estas cosas existen? En efecto, del mismo modo que yo juzgo a veces que otros se equivocan en cosas que creen saber perfectamente, ¿cómo sé que Dios no ha hecho que yo mismo me equivoque de la misma manera cada vez que sumo dos y tres, o enumero los lados de un cuadrado, o en algo aún más fácil si es que puede imaginarse?

(…)Supondré, pues, no que un Dios óptimo, fuente de la verdad, sino cierto genio maligno, tan sumamente astuto como poderoso, ha puesto toda su industria en engañarme(…).” (Descartes, (1641: pp.10-12.) Negrilla añadida).

El argumento del genio maligno se puede resumir de la siguiente manera:

1. Para poder conocer el mundo, tiene que ser posible para mí demostrar que mis ideas están siendo causadas por un mundo externo y no por, digamos, un ser poderoso y engañador.
2. No puedo probar que no hay un ser poderoso que me engaña.
3. Por tanto, no puedo conocer el mundo externo.

La primera premisa afirma que Descartes supone que puede existir un demonio engañador o genio maligno. Si un demonio tal existiera podría hacer que Descartes se equivocara en sus creencias sobre el mundo externo. Podría engañarlo al hacerlo creer en la idea de mesa cuando no hay nada que realmente corresponda a esta idea. Como esta premisa es un condicional requiere que el condicional se dé.

La segunda premisa afirma que es posible que un genio maligno exista. Es importante señalar que Descartes no está haciendo la absurda afirmación de que existe un genio maligno que lo engaña. No podría hacer semejante afirmación ya que no tiene una prueba concluyente para fundamentar la existencia de un demonio tal. Lo que Descartes afirma es que un genio maligno podría existir. Dicho de otro modo, que no tiene evidencia para descartar la existencia de un demonio engañador.

Debo anotar que aunque el argumento implique una duda sobre las creencias matemáticas (verdades analíticas o creencias a priori), puede ser utilizado para sustentar el escepticismo sobre el mundo externo. De hecho, en su explicación de Descartes en Moscos en el Cerebro, el profesor Garrett Thomson utiliza el argumento del genio maligno –en lugar del argumento del sueño- para mostrar el escepticismo sobre el mundo externo al que arriba Descartes en su Primera Meditación. De este modo, quiero decir desde ahora que no intento acercarme al problema que presenta este argumento para las creencias matemáticas, puesto que mi interés específico en este capítulo está centrado en lo que se ha denominado el problema epistemológico sobre la negación del conocimiento del mundo externo.

La hipótesis cartesiana del genio maligno no es una simple invención al azar. Se puede fundamentar en el hecho de que hemos sido engañados por los sentidos alguna vez (primera etapa de la duda cartesiana), y de que no podemos distinguir claramente la vigilia del estado de sueño (segunda etapa). Es decir, la evidencia que tenemos ahora es consistente con la hipótesis del genio maligno. Tales dudas pueden llevarnos a proponer una hipótesis de este tipo. En otras palabras, el argumento de la ilusión sensorial (primera etapa) y el argumento del sueño (segunda etapa) nos pueden llevar a suponer que hay un demonio que nos burla. De hecho, en la primera Meditación se puede ver que las conclusiones de las fases posteriores necesitan de las conclusiones de las fases previas para ir avanzando en la duda. Y que las fases posteriores abarcan en implicaciones a las fases previas.

Por otro lado, no tenemos evidencia para demostrar que no existe un demonio engañador que nos burla. Esto quiere decir que no podemos afirmar que la hipótesis del genio maligno es una simple extravagancia cartesiana si no tenemos evidencia para demostrar que éste no existe. Eso es lo que nos dice el argumento. Mientras tanto Descartes nos ha proporcionado evidencia para fundamentar su hipótesis.

En general, el argumento del genio maligno es utilizado por Descartes para llegar hasta su punto más radical en la duda. La hipótesis del genio maligno implica que no se puede tener conocimiento sobre el mundo externo así como tampoco matemático, ya que la duda sobre las verdades analíticas abarca la duda acerca de las verdades sintéticas. Con ella intenta poner en duda las verdades analíticas (de las que no podía dudar aunque estuviera soñando) tales como que el triángulo tiene tres ángulos, pues tal genio podría engañarnos cuando intentáramos hacer cualquier operación racional.

Según este argumento la creencia de que mis ideas provengan del mundo externo posee un estatus igual a la hipótesis de que mis ideas provengan de un genio maligno que quiere engañarme. Lo que Descartes advierte es que es igualmente problemático decir que sus ideas provienen del mundo externo que decir que provienen de un demonio estafador, porque no tiene evidencia para mostrar que una de estas creencias es correcta y la otra no. Las dos creencias son igualmente consistentes con el hecho de tener ideas.

La hipótesis del genio maligno ejerce presión sobre la creencia acerca de la existencia del mundo externo independiente de mí. Como es problemático fundamentar la existencia de un mundo exterior que ha sido aceptada sólo por no tener quien se le oponga, Descartes propone un competidor que puede desafiar nuestra creencia común. De hecho el propio método de la duda es un desafío a todas nuestras creencias.

El argumento del genio maligno, al igual que el argumento del sueño, descansa en una suposición general sobre la percepción. Descartes admite una teoría particular de la percepción que afirma que no percibimos el mundo directamente. Según esta teoría percibimos datos sensoriales, pero nunca el mundo directamente. En otras palabras, con lo único que tenemos contacto directo es con nuestra propia conciencia. Esto nos conduce al capítulo dos.

Autor: Gabriel Eduardo Vargas

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